Orfeo era el músico más extraordinario que jamás había existido. Hijo de la musa Calíope y del dios Apolo, cuando tocaba su lira los árboles se movían para escucharle, los ríos detenían su curso y las fieras se tumbaban a sus pies.
Orfeo se casó con la ninfa Eurídice. Pero un día, huyendo de un pastor que la perseguía, Eurídice pisó una serpiente. La mordedura fue mortal.
Orfeo bajó vivo al inframundo a recuperarla. Con su lira tocó música tan desgarradoramente bella que:
Hades aceptó devolver a Eurídice con una condición: Orfeo debía caminar delante de ella sin mirar atrás hasta la superficie.
Orfeo caminó. Detrás escuchaba los pasos de Eurídice. Subían, subían... Cuando ya casi veía la luz, la duda lo venció. Se giró.
Eurídice estaba justo detrás. Sus ojos se encontraron por un instante, y ella se desvaneció de nuevo hacia las sombras para siempre.
Orfeo vagó destrozado hasta ser despedazado por las Ménades. Los dioses, conmovidos, colocaron su lira en el cielo para siempre.